NACIMIENTO DE IKER

Los partos son tan maravillosos que son capaces de curar heridas abiertas, de sanar experiencias pasadas, de hacernos más fuertes para vivencias futuras. Y esto es lo que hizo este precioso parto.

Llegué tan sólo veinte minutos antes del nacimiento de Iker, fue un momento precioso, una llegada que llenó de paz y amor a esta familia. Me quedo con la cara de satisfacción de Leticia e Iñigo cuando descubrieron que el nacimiento de un hijo puede ser un acontecimiento que merece la pena vivir. Muchísimas gracias familia por hacerme un hueco en esta experiencia.

Leticia ha escrito un precioso relato a modo de carta para Iker:

«Llevaba semanas con contracciones de preparto. Sabía que en cualquier momento llegaría «el momento». Deseado, meditado, esperado. Nuestro momento.
Recuerdo que ese día me encontraba más molesta de lo normal ya que las contracciones que hasta ahora eran llevaderas ese día 1 de junio de 2017 me resultaban más molestas. De camino al colegio a por tu hermano me detuve varias veces por pinchazos en el bajo vientre. Algo que llevaba semanas notando y que ya conocía del embarazo anterior.
Me sentía ansiosa, deseosa de que llegara el momento. Era miércoles. El último miércoles con silueta de embarazada. Me acaricie la tripa cubierta por un vestido rosa palo y me saque la ultima foto contigo dentro. Pero yo no lo sabía. No sabía que en unas horas te iba a tocar, oler y acariciar.
No recuerdo que hice exactamente ese día. Resulta curioso porque el último día de embarazada de tu hermano lo recuerdo con nitidez. Recuerdo incluso lo que cene ese día. Recuerdo donde fui, con quien estuve.

Me fui a la cama, le leí un cuento a tu hermano y me dormí abrazada a el. Algo que también sabía que repetiría contigo. Sobre las 0.30 desperté con molestias. En las últimas semanas me había sucedido un par de ocasiones. Me levante y fui a la sala donde estaba Aita.  Le dije lo que sentía y que me iba a quedar en la sala un ratito a ver si se pasaba. Pero a la media hora seguía igual así que decidí poner el programa de control de las contracciones del móvil. A la 1.30 de la mañana decidí comentárselo a Silvia, nuestra matrona. Le dije que no estaba segura de sí eran contracciones de parto. Así que acordamos esperar un poquito. A la media hora note que las contracciones eran más intensas y regulares. Estaba de parto. Quedaba poco para conocernos. Avisé a Silvia y se dispuso a prepararlo todo para en una hora estar aquí aproximadamente.

Me sentía entusiasmada y feliz. Deseaba vivir este momento. Deseaba parir, que fuera en mi casa,tranquila,en paz. Deseaba que nos conociéramos así. En soledad pero acompañada. Sin gentío, luces, ventosas, episiotomias ni separaciones. Así que comencé a preparar todo.

Baje las luces para estar prácticamente a oscuras. Cogí la bola de pilates, puse un aceite esencial que había comprado para la ocasión en un quemador y encendí una vela. Saqué unos cartelitos que me habían escrito unas amigas en mi blessingway con mensajes muy emotivos y los repartí por el salón. Saqué una foto del ambiente que había preparado y la envié a unas amigas para comunicarles que «empezábamos».
El olor a rosas y vainilla llenaba el salón envuelto por una luz tenue. No sabía si nacerías allí pero de momento ese sería «El Centro de operaciones».
Entre contracción y contracción me pude desnudar. Me puse un top y un collar de cuentas de colores llenos de buenos deseos. No recuerdo que más. Me senté en la bola de pilates y comencé a bambolearme pero no me sentía cómoda. No recuerdo hablar mucho con Aita. Mi cuerpo había decidido que quería estar a solas conmigo misma. Y contigo. Tenía lo que necesitaba.

Las contracciones era más intensas cada vez. Al principio apretaba los labios para pasarlas pero recordé lo que una amiga me dijo. Así que me arrodillé en el suelo, extendí mis brazos en el sofá y comencé a relajarme y dejarme llevar. Con cada contracciones exhalaba aire con los sonidos que mi cuerpo necesita hacer. Al principio escuchaba con inhibicion mi propia voz y su intensidad pero, poco a poco la oxitocina fue haciendo su efecto y me fui evadiendo al planeta parto. Allí estabamos solos tu, yo y mi cuerpo. Estaba centrada en mi cuerpo y en sus sensaciones. Escuchaba si aita hablaba. Recuerdo que no le miraba. No miraba nada. Solo el oído parecía estar conectado con el presente. Mi mente viajaba en ocasiones a recuerdos del pasado parto. Y sentía paz.
Entonces escuche tras de mí una voz dulce «ya estoy aqui». Entonces, como una ola, las contracciones invadieron todo mi cuerpo. No recuerdo que le dije a Silvia. «Me duele mucho»,»no puedo » podían ser frases que le dije. Con cada contracción sentia que se me salían las entrañas. Y empecé a sentir como descendía algo dentro de mi. ¡Eras tú! De repente senti como un líquido tibio recorría mis piernas. Me imaginé un río fluyendo entre ellas. Y entonces algo empujaba con fuerza dentro de mi. Era algo imparable, casi automático. Allí no había cabida para respiraciones  controladas ni para pujos dirigidos. Me abandoné completamente a mi cuerpo. Me sentía totalmente desinhibida. Mi voz sonaba desde lo más profundo, intensa, con fuerza. Me quité la ropa interior y sentí algo que me quemaba intensamente. Estabas allí. Silvia me dijo que me pusiera de pie. Al parecer se te había quedado un hombro un poquito dentro y ella rápida y majestuosamente le ayudó. Te cogió en brazos, me indicó que me tumbara y te puso encima mío. Estabas exhausto así que te ayudo un poquito mientras te frotaba la espalda y te decía «venga pequeñín».
Miré a aita que se llevaba las manos a la cara y con un «que cosa…!» mostraba la emoción y el renovado sentimiento de calma de haber tomado la decisión más adecuada para nuestra familia. El también padeció las consecuencias del parto anterior así que este también era su primera vez.
Noté como te enganchabas con dificultad al pecho y por diversos motivos la lactancia no pudo ser posible más adelante.

La placenta tardó poco en salir. Había escuchado que las contracciones para expulsarla eran muy dolorosas. Pero yo lo único que sentí fue como si algo se deslizara hacia el exterior con suavidad. Me volví a tumbar contigo en el sofá y entonces Silvia decidió marchar. Serían las 6.30 aproximadamente.
Tras quedar en vernos al día siguiente con ella, decidí darme una ducha, comer algo y acostarme en la cama. Allí  había permanecido tu hermano ajeno a todo lo que había sucedido. Te puse a tí junto con un regalo que había comprado unos días antes en la mitad de la cama. No hizo falta despertar a tu hermano porque ya te encargaste tu con tus ruiditos. Tu hermano se frotó los ojos, se incorporó y  con un montón de frases de sorpresa y excitación entrelazadas comenzó su día. «¡Tienes un bebé!»dijo entre toda la retahíla. Te besó y te abrazó y tras hacer lo mismo conmigo bajó de la cama para volver a subir, traerte juguetes…
Recuerdo ese día lleno de paz y calma. Recuerdo el olor, La Luz y el ruido de la lluvia en la calle. Recuerdo el frescor de ese día. Recuerdo no tener miedo y sentirme feliz por la decisión. Recuerdo sentirme fuerte. Recuerdo que ese mismo día sané las heridas de mi parto anterior. Recuerdo dejar de tener miedo.
Siento que mi parto y tu nacimiento fueron un regalo de fortaleza y paz que nos preparó para los meses que vinieron después.
Muchas gracias Silvia.»